Si somos una canción, susúrramela al oído…

Todo el mundo se preguntaba por qué hablaba a solas, como si sujetara entre los labios el estribillo pegadizo de una canción triste. Su voz era un susurro apenas perceptible, con el tono adecuado y la cadencia justa conferida a una nana para arrullar a un niño: dulce, profunda, incomprensible muchas veces…pero eficaz. Esa chica caminaba despacio, muy despacio, y daba la impresión de que con cada paso enrollaba una a una las esquinas del universo para dejar salir al exterior aquel otro espacio, único y extravagante, al que sólo ella tenía permitido el acceso. El camarero de la cafetería ”Florencia” la observaba a diario. Sentía un frescor agradable en el cuello cuando la veía salir de su portal, con la camisa verde remangada hasta el codo y sus dedos largos y delgados jugueteando con un foulard de flecos asimétricos de desorbitada longitud. Al clavarle la mirada, la realidad se volvía piedra; se petrificaban los segundos, se solidificaban los minutos y se endurecían las horas y visionarla se convertía en un estudio geológico donde toda ella, materia inanimada en sus pupilas, terminaba convertida en un collage caprichoso compuesto de amatistas, esmeraldas, gemas, ágatas, espinelas, cuarzos…La contemplaba sin decir nada, mientras su mente trataba a duras penas de enebrar el hilo conductor que maniobraba de costura en costura a través de las diferentes conversaciones que se cruzaban entre sus clientes habituales, la observaba al mismo tiempo que celebraba con fingido entusiasmo el gol crucial de su equipo de fútbol favorito o cuando servía con dócil resignación varios chupitos de anís de guindas casero que elaboraba su tía Marisol y que se había convertido en el producto más demanado de su carta de licores. Y se preguntaba, en medio de todas esas tareas y ocupaciones, una y otra vez, que letanía oculta se escondía detrás del sinuoso trayecto que realizaba esa boca grande, femenina y angular y que era la únca parte de ese ser, al menos para él, dotada de una atrayente y misteriosa movilidad.

 

- Pues eso que tanto te intriga ya te lo digo yo. Fijo que lleva puestos en las orejas los cascos esos que se enchufan a las minísculas radios que usáis ahora la juventud, con la música a todo volumen, que parecéis sordos… e irá cantando una canción romántica, de desamor seguro, que esas a las mujeres nos gustan mucho, y por eso lleva esa cara de pastel revenido. Está clarísimo. ¡ Y “sanseacabó” el misterio, Rediós! Que ya va por dos veces que le pones a Marina café doble en vez de descafeinado DE SO-BRE y está otra vez con ataques de ansiedad, la pobre santa. Haz el favor, Marcelo, y céntrate en lo que haces, que me llevas  la ruina.- Lo repetía a menudo. No proyectaba ni una mísera sombra de halago en las palabras que le dirigía cuando ambos dialogaban. Pero era su madre, qué podía hacer, además de su jefa, algo así como un código de circulación obsoleto, no se le encuentra sentido a muchas de sus reglas pero terminas aceptándolas, porque es necesario tener carnet de conducir en un día a día en el que te imponen, sin cosulta previa, un ritmo de vida cada vez más infartante… tener una madre con una ambición presiencial reducida al ámbito familiar posiblemente también fuera imprescindible para algunas cosas, quién podía saberlo. Sin embargo, aunque siempre asentía en silencio y se acercaba abnegadamente a la mesa de Marina para disculparse ”nexpressamente” por su error mientras  la desquiciada mujer sudaba cafeína a través de los poros de sus mejillas y le exigía indignada un vaso de agua, lleno a rebosar, para poder tomarse su tercer ansiolítico del día, Marcelo sabía que las pretenciosas conclusiones de su madre se alejaban completamente de la irrealidad que acariciaba esa mujer sin voz . Porque era un alma solitaria que arrastraba los pies por las aceras sumida como un astronauta en un profundo estado de ingravidez, y hablaba sola, él lo sabía. No tarareaba una canción como se suponía, aunque su voz a la deriva flotara en el ambiente con el mismo halo de nostalgia que se desprende de una canción triste cuando muerde el silencio su último acorde.

 

- Pues yo creo que está como una cabra. No habla con nadie, ni siquiera mira a nadie. He conocido muchas personas así a lo largo de mi vida. Hazme caso, sabe más el diablo por viejo que por diablo – Julián hablaba con parsimonia, en un tono neutro, mientras con disimuladas señas hacía partícipe a su compañero del extraordinario juego que tenía entre sus manos – ¡Órdago a pares!- Gritó con entusiasmo y sus reflexiones anteriores languidecieron como la luz de una bombilla a punto de fundirse y se diluyeron sus palabras en medio del previsible alboroto que, cada tarde de mus, una u otra pareja contrincante protagonizaban. 
- Posiblemente sea una mujer infeliz – Carmen miraba fijamente la taza de porcelana que sujetaba entre sus manos, donde el café, ya casi frío, empezaba a adquirir el mismo reflejo turbio que sus ojos distantes.

 ” ¿Por qué iba a ser una mujer infeliz? Lo poco que me deja conocer de ella respira alegría”, se preguntaba Marcelo. Pero no lo dijo. Sabía que en el fondo, Carmen no hablaba tanto de la misteriosa chica como de sí misma. Siempre se sentaba sola, en la barra. Pedía una café con leche mediano que nunca llegaba a terminar… y lloraba. Lloraba a menudo, con lágrimas secas que no dejaran huellas de tristeza. Hablaba muy poco y se reía aún menos, pero de vez en cuando, si algún hombre destilando la osadía justa del tercer Gin-tonic  le lanzaba un piropo, ella entornaba la cejas y dibujaba con los labios una imperceptible mueca próxima a la sonrisa.

En el bar “Florencia” todo el mundo establecía una teoria propia con el fin de explicar la extraña conducta de la chica que movía los labios y nunca decía nada. Paca la panadera aseguraba que era muda y por eso nadie era capaz de percibir ningún sonido aunque se acercara descaradamente a su lado. Tomás, el eterno pretendiente de su madre, solía llevarse un cigarrillo a la boca, sacaba el mechero del bolsillo izquierdo de su chaqueta de pana, lo encendía y susurraba, como si fuera un Sherlock Holmes a punto de desvelar un gran misterio: Esta niñata lo único que quiere es reírse de nosotros. Sabe que la obsrvamos y se está montando todo este teatrillo para llamar nuestra atención. También se oía de vez en cuando cosas del tipo: “hay mucha gente que habla sola y ni siquiera es consciente. Yo mismamente me sorprendo a mí mismo gritando sin sentido cuando veo los informativos” o ” a lo mejor lleva el manos libres en el móvil y nos estamos rompiendo la cabeza por nada”.

Marcelo no tenía ninguna hipótesis que regalar a los presentes. Solo quería mirarla, con eso era suficiente. Porque cuando la miraba, aunque lo intentara, no podía pensar en nada. Su cerebro se liberaba completamente de ese caos opresivo que le obstruía las ideas y entonces solo fluía, débilmente, la melodía efímera de una canción triste. Quizá por eso un domingo cualquiera de un mes cualquiera, cuando Marcelo vio a la chica salir del portal, con su camisa verde remangada hasta el codo y sus dedos largos y finos juegueteano con el inconfundible foulard de flecos asimétricos, se acercó a ella, con movimientos imperfectos pero firmes. Soplaba un viento muy fuerte y en el cielo se congregaba una delegación de nubes densa que enturbiaba el ambiente y amenazaba con descargar una corta pero contundente tormenta primaveral. El espacio que les separaba era ínfimo, y sin embargo, Marcelo sentía que existía un abismo insalvable que le impedía llegar a ella con la facilidad que prometía. Una vez lo hubo conseguido colocó su cuerpo frente al de la mujer, cortándole abruptamente el paso. Ella Le miró sorprendida. Sorpresa,consternación, desconcierto…¿esperanza?. “Tiene los ojos violeta” , pensó él, ” como el horizonte, en el cielo…esta tarde”. Se aproximó a su oído, cerró los ojos y respiró de una forma pausada y regular con el fin de calmarse. Al latir, su corazón emitía unos ruidos secos y distorsionados. ” No pienses” se ordenó “Mírala”. Y sonó la música…y aunque su voz poco tenía que ver con la de Eric Clapton y su pronunciación del inglés dejaba mucho que desear, “Tears of heaven” se deslizó por su garganta y sus labios rompieron el silencio a escasos milímetros de la oreja  femenina. ” Has tardado” Sólo dijo eso. Le temblaba la emoción en los hombros…y empezó a llover. Esa tarde cayeron, a intervalos, varios aguaceros. Después anocheció y la oscuridad descubrió, por fin, la cara que la luna siempre se empeña en ocultar.

- Pues sí- Decía Lola mientras terminaba de limpiar la cafetera- Eso era lo que mascullaba entre dientes la rarita, “si somos una canción, susurrámela al oído”. ¡Qué cosa más extraña!. Pero no me preguntéis cómo lo supo Marcelo porque no tengo ni idea, la verdad. Lo único que pude sacarle es qué coño repetía  esa mujer una y otra vez durante sus paseos y…nada más. Que me ha salido un niño discreto, ¡Vaya por dios!. En fin, que yo sigo pensando que está un poco chiflada pero si a mi hijo le gusta, bienvenida sea.

Todos asintieron algo cabizbajos, sintiendo por un lado ese alivio balsámico que ofrece la curiosidad saciada y por el otro, un sentimiento de desconsuelo, de pérdida, de vacío abismal… como si hubieran finalizado la lectura de una novela fascinante. ¿Con qué ocuparían su tiempo ahora?
- ¿Sabíais que hace por lo menos dos semanas que la mujer de Mariano no aparece por casa?- Gritó de repente Paca mientras su bocata de calamares era despojado con cuidado de su envoltorio y su boca rechupeteaba el exceso de aceite que se deslizaba peligrosamente a lo largo de sus dedos.  

 La voraz intriga se manifestó con brillo malicioso en todas las miradas.

 

 

 

 

 

 

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La barca pasa, la orilla queda (segunda parte)

 

Retírate dentro de tí mismo, sobre todo cuando necesites compañía(Epicuro)

Volamos a Milán, de Milán a Abhu- Dhabi, de Abhu Dhabi a Bangkok y de Bangkok a Phonom Phen (Camboya), porque Raúl había encontrado una oferta irrechazable si inicíabamos el tratecto desde Italia. Enumeraba una y otra vez las ventajas que había obtenido al tomar esa decisión, en cada embarque y cada desembarque, añadiendo sucesivamente alguna más a medida que la excitación inicial perdía solidez y la adrenalina anunciaba su retirada agitando desde su trinchera la bandera del tedio. Ahora sé que lo hacía más como un acto de autoconvencimiento que como una estrategia destinada a paliar con fingido optimismo mi desánimo, una vez que el cansancio empezaba a filtrarse por mi, cada vez más agrietada, tendencia natural a mantener la compostura. Estaba cabreada, muy cabreada, porque Raúl no había pensado ni un solo momento en mí cuando decidió “regalarme” este viaje, sino en él, profesor de historia del arte en un instituto de pueblo y arqueólogo frustrado que se pasaba la vida cortejando realidades más afables que ésa que había elegido, que le era propia y que le correspondía por derecho. Y así, cada cierto tiempo, impulsado por un deseo más fuerte que su voluntad, esquivaba el trayecto de su destino poniendo los pies durante meses en lugares tan dispares como la Riviera Maya o el templo de Basarimala en India o el monte Tai de china o el templo Meiji Jingu en Japón o cualquier suelo desconocido que aún no hubiera mantenido contacto con la suela sucia y gastada de sus zapatos y  jugaba a ser un Indiana Jones de provincias en busca de un arca perdida que nunca terminaba de encontrar: La paz consigo mismo. Pero esta vez me arrastraba a mí con él, porque estaba seguro de que me quedaría maravillada cuando visitáramos el complejo de templos en la zona de Angkor, porque sabía que dentro de mí se escondía una aventurera sin parangón, porque le agradecería de por vida la oportunidad que me brindaba y bla, bla, bla…yo le escuchaba resignada y le miraba por encima de su euforia. Cuando hablaba tan apasionádamente parecía un sátiro feliz…por entonces para mí eso era suficiente.

Y aterrizamos en Camboya…No voy a hacer un diario de viaje, eso se lo dejo a Raúl, pero sí diré que la primera impresión que obtuve del lugar quedará para siempre injustamente ligada a un sentimiento de vulnerabilidad próximo al horror. Suciedad, oscuridad, partículas de polvo instalándose en mis fosas nasales, resquebrajando el convencionalismo en el que vivía instalada y que me había mantenido segura hasta entonces, aguas turbias contaminándome la esperanza…Hoy miro la fotografía que un turista alemán de sonrisa generosa y barriga más generosa aún se ofreció a sacarnos sólo dos horas después de nuestra llegada…Raúl me rodea los hombros con su brazo, parece satisfecho y el brillo de sus ojos delata un ligero atisbo de impaciencia, como un niño en un parque de atracciones que sabe que debe de aguardar estoicamente su turno en la cola. Yo miro al suelo, con expresión lánguida y parezco perdida… quizá busco algo, no lo recuerdo…o tal vez solo tengo miedo a alzar la vista al frente. Sea como sea, las dos personas que comparten espacio y tiempo en esa fotografía, como sosteniendo el decorado endeble de un escenario irreal, de alguna manera han dejado de existir hoy.

Durante los tres primeros días nos dedicamos a recorrer las tierras de Camboya, bajo un sol tan intenso que hubiera fundido cualquier metal, y a visitar los lugares más típicos, como La isla de la seda donde se fabrica este codiciado tejido de forma completamente artesanal. Yo miraba a mujeres en miniatura que manejaban con escrupuloso dominio máquinas obsoletas y que desprendían a través de sus pupilas un “no se qué” próximo  a la serenidad con gestos que en algún tiempo debieron de ser universales pero que ahora parecía pertenecerles única y exclusivamente a ellas, como si desconocieran la dureza de la realidad exterior…o como si sólo ellas fueran poseedoras de una verdad superior que los demás, meros mortales, éramos incapaces de alcanzar. Allí aprendí que la seda se forma a partir de un líquido viscoso segregado por ciertas glándulas de algunos artrópodos, que se solidifica en contacto con el aire formando hilos finísimos y flexibles. El gusano de seda produce estas hebras para fabricar sus capullos y a partir de éstas se origina el hilo, un elemento en apariencia simple pero a partir del cual, las pequeñas mujeres de expresión serena, manufacturaban hermosas telas en un acto, que si no fuera una férrea militante del ateísmo, hubiera calificado como divino o milagroso. Y yo hasta ese momento el único dato que podía aportar sobre el origen del pañuelo de seda azul que mi madre me había regalado para mi 24 cumpleaños y que solía colocar alrededor de mi cuello en las ocasiones más especiales, era que provenía del Corte Inglés y que había costado un pastón. Me sentí como una perfecta estúpida…no sería la única vez que lidiara con ese sentimiento durante mi estancia en Camboya.Recorrimos la isla por entero montados en Tuc Tuc, lo cual, a pesar de la incomodidad que suponían los botes y rebotes provocados por el mal estado de los caminos para nuestras occidentales posaderas, me resultó francamente divertido, máxime si teníamos en cuenta los titánicos esfuerzos de Raúl para camuflar con un inusitado mutismo sus quejas y disfrazar sus expresiones de dolor con una sonrisa plastificada que disimulaba, a medias, el sufrimiento hemorroidal que estaba padeciendo. Dicen que hay pequeñas venganzas que saben tan dulces como una milhoja de merengue…

Una vez abandonamos la isla y siguiendo a rajatabla el recorrido turístico que habíamos elegido, visitamos un montón de templos sagrados y museos históricos, pero en esta ocasión elegimos la moto como medio de transporte y contratamos los servicios de un guía que nos facilitó con sus autóctonos conocimientos del medio la llegada a nuestro destino. Pronto se hizo evidente que Raúl se sentía mejor y ya casi había olvidado su calvario en la isla, con ese asiento acolchadito protegiendo sus sufridas dolencias, porque tan pronto como tuvo ocasión, comenzó a desplegar su arrollador ego cultural en una conferencia magistral dedicada única y exclusivamente a mis “privilegiados” oídos…cada una de las joyas históricas que nos íbamos cruzando a nuestro paso se convertían en la excusa perfecta para alardear de su dominio, así que él se deshacía en explicaciones y divagaciones sin sentido mientras el guía le miraba sin decir nada. Me reí, estaba segura de que ese hombre con camiseta de manga corta amarilla, pantalón astroso y sandalias polvorientas compartía conmigo el mismo pensamiento: ¿No te das cuenta, hombre absurdo, que mientras contaminas el precioso silencio de estos parajes con tu insufrible verborrea, te estás perdiendo la verdadera esencia de su imagen?. Tal vez el hombre callado no pensara eso y simplemente le mirara tratando de descifrar lo que Raúl decía en un idioma que le era ajeno, pero a mí me gustaba imaginar lo anterior.

-¿Qué te hace tanta gracia?- preguntó Raúl.

- Nada- le dije yo, y la incipiente risa derivó en una estruendosa carcajada.

 Debo reconocer que poco a poco mi interés por Camboya fue aumentando, lo hizo progresivamente, a medida que experimentaba como la libertad flotaba sobre las húmedas plantaciones de arroz que dejábamos a nuestras espaldas. Abandoné mi obstinación por traducir a un idioma emocional que me fuera familiar cada sentimiento nuevo que descubría y simplemente me dejé llevar por ellos, sin tratar de entenderlos, ni de medirlos, ni de clasificarlos y entonces se me presentó el insólito prodigio de la ternura fragmentándome el tórax cuando un niño que no debía superar los siete años se acercó alegremente para ofrecernos algo de bebida mientras nos examinaba como si fuéramos animales exóticos que no había visto nunca, y me sorpendí acariciando las manos huesudas de aquella anciana desgarbada que avanzaba hacia mí con intermitente indecisión y desafiaba con cada paso su compleja anatomía, la espalda encorvada, las rodillas artríticas…todo el peso de los años delineando áridos surcos en su cara…y tanto esfuerzo sólo para entregarme unas piedras sagradas que me protegerían de la mala fortuna. Y también lloré, y lo hice como nunca antes lo había hecho, con la líquida tristeza que genera la empatía cuando se manifiesta con firmeza, porque de pronto me vi sumergida en las historias que nos relataban los lugareños y sentí en mi propio cuerpo las injusticias que el pueblo camboyano había sufrido durante siglos. Me enamoré de Camboya … pero tardaría mucho  tiempo todavía en reconocerlo, empeñada como estaba en demostrar con bufidos y gestos de fastidio que esas mismas imágenes podría estar viéndolas en un documental de televisión, tumbada en el sofá y con un bol enorme repleto de palomitas de maiz recién horneadas en el estupendo microondas última generación que me había autorregalado las pasadas navidades, en lugar de achicharrarme de calor y pasear mi indignación sobre una moto pleistocénica, en un viaje accidentado que a punto estuvo en dos ocasiones de verse interrumpido a causa de mis inoportunas bajadas de tensión.

- La muchacha no está acostumbrada a este clima-  le dijo el guía a Raúl simulando preocupación. Estos occidentales no están preparados para afrontar la adversidad, leí yo detrás de sus palabras.

Y llegamos, por increíble que parezca, a las mismas puertas de lo que podríamos denominar El Paraíso absoluto a lo ojos de Raúl, los templos de Angkor, la indiscutible y justificada razón por la que había obviado mi necesidad de relax y se había recompensado a sí mismo con este viaje. Todos y cada uno de los templos que componen este complejo me maravillaron, invadida por una paz espiritual que, a decir verdad, no iba para nada conmigo, y eso que alguna que otra vez había sucumbido a la tentación de conectar con mi yo superior a través de diferentes métodos, como yoga, visualizaciones creativas, técnicas de autodescubrimiento, lecturas interminables sobre filosofía budista…etc, pero siempre terminaba abandonando antes de terminar cualquier práctica y me rendía a la evidencia de mi superficialidad ahogando la frustración en el Mcdonalds más cercano y con una hamburguesa superlativa y unas patatas fritas tamaño XL encima de la mesa esperando ser devoradas. En esta ocasión no hizo falta por mi parte ningún tipo de esfuerzo antinatural, mientras avanzaba como una hormiguita intimidada ante la majestuosidad de esas construcciones, apenas podía prestar atención al discurso catedrático de Raúl que me hablabla sobre los Jemeres rojos y sus sanguinarios actos y bla bla bla… todo mi ser se había dispersado, evacuado, trasladado a otro tiempo…a través de mi mente desfilaron en línea recta todas las cifras y las letras que componían el diario no escrito de mi vida pasada, como si hubieran transcurrido siglos enteros desde la última vez que había sido yo misma. Las nubes de mosquitos ya no me amenazaban con una perspectiva vacacional imposible de soportar como lo hacían antes, ni los cientos de turistas, que como ovejas de rebaño seguían al guía que los pastoreaba a través de las ruinas, ni las niñas bilingües, y trilingües incluso, que se acercaban cada dos minutos a vendernos cualquier cosa y que nunca desmembraban la sonrisa de sus labios aunque recibieran una negativa tras otra como única respuesta…nada de eso me molestaba porque yo ya no era yo, y yo no estaba allí, y desde luego no estaba con ellos. Pero fue justo cuando llegué al templo de Tha Prohm cuando sentí que este viaje cambiaría mi vida para siempre. Gigantescos árboles con desproporcionadas raíces habían invadido las ruinas, se habían adueñado de ellas con la autoridad incuestionable que ejerce la Madre Tierra. Todavía hoy, retengo en el complejo neuronal de mi cerebro, en el estratégico punto que dilata las emociones en el pecho, a lo largo de todo mi sistema nervioso, aquel hermoso instante. Me senté en una de las ramas, grande, gruesa, con su madera astillada y ligeramente cubierta de un incipiente musgo que le proporcionaba una tonalidad verdosa casi cristalina… parecía que mi cuerpo descansara sobre un trono tallado en verde Jade. Busqué a Raúl con la mirada. Estaba lejos. Se había unido a la manada y sacaba fotos a distro y siniestro. Por un lado me parecía un corderito queriendo llamar la atención del resto de eruditos que se vanagloriaban de sus conocimientos sobre la cultura camboyana y que sin embargo no habían reparado ni por un momento en la belleza abrumadora de este regalo de la naturaleza ni en la paz que naufragaba en las pupilas curiosas de los lugareños que los miraban con expresión divertida mientras susurraban tímidamente algún dato que les pudiera parecer de interés a los visitantes. Por otro lado, sabía perfectamente que el afán de Raúl por hacer el album perfecto era poder torturar a sus estoicos amigos con lecciones wikipédicas sobre los templos visitados. Compadecí entonces la incondicionalidad de su gente, porque vamos a ver, no es lo mismo tener que sufrir el aburridísimo viaje de novios de una pareja a la que quieres y que se acaba de casar que padecer los cientos de viajes de luna de miel que emprendía Raúl para sellar de algún modo su amor propio. Pura fachada, que una vez despareciera no dejaría ni un ápice del misterioso sabor a historia que se paladeaba alrededor de estas ruinas. Después de hora y media se percató por fin de mi ausencia.

-Creo que he estado antes aquí- Le dije cuando se apróximó para ofrecerme un trago de agua.

-Claro, tú y Angelina Jolie, ¡no te digo! Lo que te pasa es que te resulta familiar por la película de Tomb Raider, que la rodaron aquí.-  Idiota…, lo pensé, no lo dije, claro está, no era plan de ponerme a discutir en el interior de un templo sagrado, pero yo no había visto esa película porque entre otras cosas odio las peliculas de acción, y por otro lado, me asombraba que Raúl careciera de la sensibilidad necesaria para llegar a entender lo que me estaba pasando. Idiota…volví a pensar para mí misma, dos o tres veces más antes de abandonar Angkor.

Era domingo. Última noche en Camboya. Decidimos salir a cenar y retirarnos pronto a la austera pensión que habíamos elegido como alojamiento, porque a la mañana siguiente teníamos que levantarnos muy temprano para inciar el viaje de retorno a España. Comimos en un restaurante típico, sentados en posición de loto, como era costumbre allí, sobre un tapete donde dispusieron un montón de platos. Había sopa, verduras de todo tipo, carne frita, pescado y arroz. Los camboyanos cenan a las cinco de la tarde, así que para nostros todo este despligue gastronómico parecía formar parte de una merienda copiosa.

- Estoy deseando llegar a España- protestó Raúl, que no llevaba muy bien eso de tener que sentarse en el suelo para comer, no olvidemos ese pequeño problema innombrable que le había traído de culo todo el viaje. -Además, por lo menos podían traernos palillos, en China y en Vietnam lo hacen, esto de comer con las manos es un guarrada.- No daba crédito a sus palabras. Raúl el aventurero, el explorador, el crítico entusiasta de las acomodadas sociedades neoburguesas… en ese momento mataría por una mesa en condiciones y una paella valenciana.

-¿No eras tú el que decía que era maravilloso conocer la verdadera esencia de los pueblos? Tal vez me equivoque y la persona que venía sentada a mi lado en el avión se ha quedado en la Isla de la Seda- le pregunté con sarcasmo.

- Efectivamente cariño, para valorar mucho más la suerte que tenemos de vivir en el lugar en donde nos ha tocado nacer.- Me callé y lo miré. El cabello revuelto, los ojos brillantes, dentro de su ropa un cuerpo perfecto y acalorado…y no sentí otra cosa que no fuera distancia, porque yo estaba en Camboya, profundamente embebida de su esencia, y él ya estaba en España, si en algún momento la había abandonado.

Decidimos tomarnos unas copas en algún chiringuito cerca de la playa que ofrecía Phonom Phen para el ocio nocturno. Y entre la multiud de turistas que atestaban sus estrechas calles dejé de sentir la presión de la mano de Raúl sobre la mía…me perdí… o tal vez sea más acertado decir que me encontré, después de 29 años de búsqueda. Al principio estaba asustada, muy asustada, porque yo sin Raúl no sabía moverme por esos lugares, apenas controlaba el inglés y aunque lo hiciera eran poco los camboyanos que dominaran ese idioma. Escogí un bar al azar, “Cheap Charly Music Café”. Me senté en la barra y pedí una cerveza fresquita. Recordé que era domingo. Todos los domingos cenaba en casa de mi madre, con mi padre y mis dos hermanos. Era un ritual sagrado para nosotros, porque ella preparaba asado de cordero con patatas panadera y de postré tarta de manzana bañada en licor. Quería estar allí, segura, con ellos, y cenar el cordero de mamá mientras renegábamos de las injusticias que retransmitía el noticiario en la tele, lejos de ellas…ahora me sentía en el eje exacto donde todas éstas giraban y no había ningún botón para apagar esa certeza, me sentía envuelta en una espiral  que me arrojaba hacia la nada y lo único que tenía  por delante era un inabarcable infinito.

-¿Española?- me preguntó Ieng.

-Sí- le respondí yo, con una familiaridad inconcebible.

-Has estado aquí antes.

-Eso creo…- Las palabras avanzaron con prudente lentitud, luego cada vez más rápido, mientras paseábamos, mientras nos deteníamos a observar a lo transeúntes, mientras me relataba toda la historia de su pueblo y su voz se filtraba a través de mis oídos con el poder hipnotizador de una canto de sirena. Me llevó a la ciudad flotante en donde vivía, Tonde Sap (Lago Sap), la reserva de agua más grande del sudeste de Asia. El pueblo se llama Chong Kneas y está asentado sobre las aguas, pero podía encontrarse todo tipo de lugares para cubrir las necesidades más básicas: tiendas, colegios, centros de salud…La mayoría de sus habitantes basaban su economía en la actividad de la pesca. Hablamos durante horas y horas, hasta que la luz del alba evidenció sin contemplaciones el final de la noche. Me contó porque había escogido la filosofía budista para complementar su existencia y entendí más en todas sus palabras que en los cientos de libros con los que había intentado conectar con esta práctica, también me explicó como se desplazaba su pueblo según la estación y las corrientes de agua y que era ésa la principal razón por la que nunca estaban en un punto fijo, y que no estaba casado y que esa misma noche había bajado a tierra porque me estaba esperando (la mujer que lleva la noche sobre su cabeza y cubre sus ojos de jade)…me dijo.

-Tengo que irme- Anuncié cuando el sol comenzó a reflejarse sobre las aguas.

-Lo sé- respondió con tristeza. Me hubiera gustado que hubiera tratado de retenerme. No lo hizo.

- No quiero irme- Y era la mayor verdad que había enunciado nunca.

- La barca pasa, la orilla queda. Haz lo que tengas que hacer.- Y me fui sin entender muy bien su mensaje, pero dejándole allí todo lo que yo era. Fue inevitable por tanto la sensación de vacío atenazando mi garganta hasta llegar a la pensión.

Allí, en esa ciudad flotante, el tiempo no pasaba lentamente como en camboya, directamente se detenía. Me despedí de Ieng y de su famila que me había acogido con apasionada hospitalidad. Cuando llegué a la pensión Raúl estaba desquicidado. Había pasado horas buscándome junto a las autoridades camboyanas. Tenía preparado el equipaje, su maleta y la mía.

-Nos vamos cuanto antes. Este lugar no es seguro para nosotros.

- Yo no me voy- Creo que tomé la decisión al mismo tiempo que mi boca la manifestaba y sin embargo no hubo titubeo en mi voz, sino determinación y firmeza. También un algo de “No lo intentes, no vas a convencerme de lo contrario” 

- ¿Estás loca? ¿Qué te han hecho? Seguro que te han lavado el cerebro, o drogado, o…- Y allí lo dejé, solo, cuestionándole al aire mi decisión y me marché corriendo a Chong Neas de nuevo, suplicándole a las corrientes de agua que no se hubieran llevado el poblado a cualquier otra parte donde no pudiera encontrarlo. Cuando llegué, Ieng estaba sentado en el porche. Hundía su cabeza en las rodillas y agarraba mechones de su oscuro cabello con movimientos de desespero.

-Ieng…- susurré

-Mujer de noche y jade- sollozó sorprendido.

- La barca pasa, la orilla queda. ¿No es lo que me dijiste antes de marcharme?

- Es un proverbio camboyano, significa…- Le interrumpí deliberadamente.

- Significa que estoy aquí, que en una noche he sentido más amor que en toda mi vida y que yo también te he buscado, en sueños, en relaciones equivocadas, en elecciones vitales confusas, constantemente…Significa que ya he llegado a la orilla y es aquí donde quiero dejar atada mi barca…si tú quieres.

Ieng se acercó y me besó, con una rotundidad que eliminó cualquier necesidad de respuesta. Ahora me declaro FELIZ con mayúsculas. Trabajo como profesora de español para los guías de Angkor y ayudo a las mujeres a fabricar redes de pesca para los hombres. He tirado el reloj a las profundidades del lago. Aquí no hacen falta ese tipo de artilugios. El concepto de tiempo ha perdido solidez, apenas existe. He descubierto una manera de vivir diferente, un sistema de prioridades completamente opuesto al que regía mis actos, hace ya tantos siglos que apenas lo recuerdo…no echo nada  ni a nadie de menos, aunque suene duro decirlo en voz alta, porque Ieng me completa y me eleva más allá de mi misma…pero de vez en cuando, algún domingo, llamo a casa de mis padres.

-Hola cariño, ¿cómo estás? Estábamos a punto de sentarnos a cenar- Le cuento a mi madre todas las cosas que estoy aprendiendo, cómo esta gente fuerte logra sobreponerse poco a poco a las atroces injusticias que han sufrido desde 1975 cuando los khmer rouge entraron en Camboya y sembraron muerte y destrucción allá por donde avanzaron. Le informo con entusiasmo de que he empezado un proyecto para conseguir una mayor alfabetización y le revelo como el amor de Ieng me había salvado de quedarme instalada para siempre en la superficie de todas las cosas. Trato de transmitir con inútiles palabras todo aquello en lo que su hija se ha convertido. Ella siempre me corta antes de terminar, como cuando mi padre ordena apagar el noticiero con el fin de no amargar con desgracias ajenas el momento de la cena. Pobrecitos, dice, y la pantalla de la tele oscurece.

- Bueno, cielo, ya hablamos otro día. Te queremos.- Es normal, todo el mundo sabe que no hay quién se coma un cordero asado una vez que se enfría.

 

La barca pasa, la orilla queda (primera parte)

El futuro tiene muchos nombres.Para los débiles es lo inalcanzable.Para los temerosos, lo desconocido.Para los valientes es la oportunidad

(Victor Hugo)

- …No. No me has entendido.Te he dicho que es absurdo que te lleves tantos vestidos de fiesta, y desde luego los zapatos de tacón allí no los vas a necesitar.

Los dos permanecíamos estáticos como inexpresivas esculturas,sin hablar apenas, sintiendo la incipiente lluvia que dibujaba círculitos oscuros sobre la explanada del aeropuerto, apoyando nuestra pétreas siluetas en el equipaje, una enorme maleta, que por supuesto era mía, repleta de esas cosas inútiles que justifican su presencia con el inequívoco del “por si acaso” y una austera bolsa de deporte que obviamente le pertenecía a él, viajero experimentado que solo portaba lo estrictamente necesario para sobrevivir, aunque en opinión de una persona como yo, con un recién estrenado espíritu aventurero y una ignorancia absoluta en el modus operandis del experto explorador, su concepto de supervivencia debía de reducirse a dos días desafiando a la suerte en territorio desconocido, y casi me atrevería a aventurar que duraría un día y medio, a juzgar por los pocos elementos que él consideraba de  primera necesidad. Y sí, puede que Raúl tuviera razón, no lo niego, quizá extralimité mi carácter previsor, pero por un lado deberíamos tener en cuenta que él jamás me reveló el destino de nuestro viaje hasta el momento exacto en que acomodamos como pudimos nuestros traseros, cada uno el suyo, en los rígidos asientos de su Seat Panda, y por el otro, era difícil imaginar, cuando como occidentales congelados en pleno mes de Diciembre nos hundíamos en los forros polares y protegíamos nuestras sobrevaloradas cabezas con gorritos de lana de punto gordo, que en solo unas horas estaríamos aclimatándonos a la humedad de Camboya, asfixiados por el calor y suplicando, como mendigos a la puerta de un supermercado, por un ventilador en condiciones. Una vez dentro del coche, mientras Raúl conducía en silencio en dirección al aeropuerto y en el reproductor de música se ahogaba la voz de Tom Petty, me concentré en la tarea de rastrear concienzudamente algún gesto, grieta, señal o símbolo en su rostro que delatase, aunque fuera de forma imprecisa, parte del misterio que desde hacía meses él venía custodiando en relación al dichoso viaje… pero nada, de ese hombre del que lo sabía todo, desde su talla de calzoncillos hasta el color de su cepillo de dientes, pasando por su marca preferida de cereales o por la polifónica sinfonía de sus ronquidos nocturnos, de ese hombre que ya no tenía secretos para mí, yo era incapaz de sacar nada en claro sobre el destino turístico que me tenía reservado. Ya casi me había resigando a convertirme en una eterna condenada al desconocimiento absoluto, cuando Raúl exclamó: ¡Llegamos! y paró bruscamente el motor del coche. En su mano derecha sujetaba los enigmáticos billetes mientras se quitaba las gafas con la mano libre para regalarme una panorámica perfecta de su expectante mirada y extendió el brazo hacia mí, lentamente, con la misma ilusión con que un novio perdidamente enamorado coloca en el dedo anular de su prometida un anillo de pedida . Los cogí con cautela, poniendo el mismo cuidado que él había había desarrollado en el ritual de la entrega, y cuando por fin acerté a leer el nombre del país elegido, todas las quinielas de grandes y maravillosos paisajes se rompieron dentro de mi cabeza como cristal de bohemia estrellado contra el suelo, y creo recordar que mis ojos se convirtieron en  un aparcamiento improvisado de la decepción porque en cuanto noté la humedad de una lágrima maniobrando para adjudicarse una plaza en el vértice justo del lacrimal izquierdo, Raúl me susurró:  Pero que tonta eres cariño, si es que te emocionas por todo… Y me abrazó… y yo silencié mis quejas en la representación cotidiana de ese acto de cariño. Jamás imaginé, a pesar de conocer de sobra la pasión de Raúl por los viajes exóticos, que mi regalo de aniversario sería conocer de primera mano la realidad de Camboya. Es decir, a ver si me explico, le agradecí el gesto, de verdad, profundamente, con un sentimiento tan hondo y tan interno… que apenas logré darme cuenta de su existencia. Porque, vamos a ver, no es que mi frustración fuera la respuesta inmediata a una rabieta de niña caprichosa a la que le regalan una muñeca de imitación en lugar de ésa que ya tenían todas las compañeras del cole y que llevaba siglos pidiendo cada vez que hacía su aparición estelar en los anuncios navideños de la tele y que decía “mamá” con voz robótica mientras movía mecánicamente los párpados arriba y abajo (Creo que nunca logré perdonarles a mis padres las navidades del 87). En esta ocasión, mi incorformismo estaba motivado por la certeza de que merecía otro tipo de recompensa, después de haber desplegado todo un arsenal de argumentos que justificaran mi necesidad de paz y tranquilidad (que si estaba harta de las ocho horas diarias en la farmacia donde trabajaba, de recoger recetas y descifrar los códigos ininteligibles que presentaba la escritura jeroglífica de esos insignes doctores a los que no les vendría nada mal rellenar algún que otro cuadernillo escolar de caligrafía, de despachar toneladas de medicamentos a ancianos que siempre me relataban, en cada una de sus visitas, la colección completa y en versión extendida de sus lamentaciones, de vender cajas de condones a adolescentes abochornados que me pedían con gesto vacilante cualquier cosa antes que pronunciar la palabra “preservativo”, de tomarle la tensión a Asunción y explicarle, todas y cada una de las veces que lo hacía, que si la tenía alta no era por culpa de la dichosa maquinita sino por esa manía suya de excederse con la sal en las comidas…  y a todo eso había que sumarle lo mucho que me aburría llegar siempre tan cansada a casa o lucir, mejor dicho, deslucir el pijama de franela que me convertía en paradigma incuestionable del antierotismo o no reunir las fuerzas necesarias para colocarme delante del espejo y enfrentarme a la realidad de mi imagen descuidada o inventar cientos de excusas  para rehusar a salir de farra un sábado por la noche como hacía cuando todavía no me había contagiado del virus del hastío y reunirme con todos esos amigos a los que hacía siglos que no llamaba, o aparentar ante ellos que la vida que había elegido era todo lo que cualquier ser humano en pleno dominio de sus facultades podría desear) Todo esto y mucho más se lo repetía a Raúl antes de irme a dormir, como las señoras piadosas que rezan el rosario con devota insistencia arrodilladas a los pies de la cama, y con idéntica fe, me agarré tercamente al instinto de creer que dado que se aproximaba la fecha en que se cumplía un año desde que mi novio, el aventurero de equipaje ligero, se había decidido a invitarme a salir después de meses de tedioso tonteo, él captaría el mensaje lanzado, rápido y sagaz como sólo Raúl sabía serlo, sin necesidad de tener que colocar un cartel luminoso en la puerta del  dormitorio que rezara en letras de neón: Cariño, llévame al Caribe…¡Y hazlo ya!. Por eso y solo por eso, me dio por imaginar, pobre ilusa, que en pocas horas estaría atravesando el lujoso hall de un hotel paradisíaco, ostentando alrededor de la muñeca la ambicionada pulserita de plástico que te confería sin condición los privilegios de una reina absoluta, exhibiendo mi pálido cuerpo sobre una tumbona multicolor, hidratando el organismo con la ingesta de un mojito, y luego otro y otro y otro más hasta aliviar con ese remedio coctelero adornado con caribeñas mini sombrillas de papel y pajitas de plástico fluorescente, las altas temperaturas y permitiendo que las horas se escabulleran por las ranuras del ocio, aplicando la rigurosa ortodoxia turística que condena al ostracismo a las inoportunas y afiladas agujas del reloj…

-Te has quedado muda, ¿eh? A estas alturas ya deberías saber que siempre te sorprenderé.

- ¿Quieres decir que cada vez que tomemos un vuelo y el avión alcance esta altura tendré un regalito de los tuyos?- él sonrió orgulloso de su hazaña. “Siempre te sorprenderé” me dijo…y mientras surcábamos el cielo en dirección a tierras camboyanas, sentí la certeza de su afirmación como la más cruel de las amenazas…lo que ninguno de los dos podía saber entonces, era que en esta ocasión sería yo quien la cumpliría…

Continuará…

El ciudadano pródigo

Hay ciudades que se escapan y no regresan nunca. Ahora Carlos lo sabe… como se le escapó esa, su ciudad, dejando súbitamente los ecos del vacío dispersos en sus ojos, a él, que creyó estúpidamente en la engañosa quietud de sus imágenes, que dio en todo momento por sentado que permanecería siempre allí, estática, inamovible, insobornable a los abruptos saltos del calendario, a las neurosis constantes de aquel hijo tan suyo, desertor del civismo, que había volcado con impotencia todas sus frustraciones sobre los pilares que fundamentaban el carácter provinciano de esa urbe maternal con nombre propio que esmaltaba de tedio las tardes de domingo y diseñaba sus días con una homogeneidad tan monótona como turbadora.Algunas personas con menos tendencia al dramatismo lo llamarían rutina, otras, quizás la mayoría, incluso agradecerían ese ir y venir sin sobresaltos. Pero Carlos no. Por eso inventaba cada mañana una huída ficticia con que desperezar a la esperanza, adoptando una anatomía de movimientos felinos casi perfectos, seguro como estaba de que alejando sus pies de las repetitivas calles asfaltadas y de las previsibles espaldas de todas las esquinas,  transitaría por fin los caminos vírgenes e inexplorados del futuro, en esa ciudad madrugadora y penitente donde se dormía poco y se soñaba aún menos.

Carlos recuerda ahora,mientras desploma su cuerpo sobre el sillón ergonómico de cuero de su pequeño despacho londinense, a aquel chaval de dieciocho años que cultivaba su inconformismo con un abono de rabia e impaciencia, obstinado en germinar la excusa perfecta para seguir existiendo en la mentira. y que transitaba del tedio a la amargura, de la amargura al deseo, del deseo a la insatisfacción, de la insatisfacción al desencanto, del desecanto al engaño…este último siempre sobre camas desechas, donde se desnudaba el cuerpo y nunca el alma, bañado en los sudores postcoitales de esas féminas de belleza sarracena que le hubieran escupido la bilis del desprecio en plena cara si hubieran descubierto al insignificante ser que se escondía debajo de una  piel arrebatada, ajena, intercambiada por la suya en el sobrevalorado mercado de la impostura. Porque la verdad era que su vida le parecía patética, no le gustaba, la aborrecía. Odiaba despertarse a las ocho de la mañana en la misma cama de noventa y en el mismo cuarto infantil de siempre; repudiaba como su madre le preparaba el desayuno con servilismo resignado y las jodidas magdalenas de punta redondeada que todas las mañanas ella colocaba con matemática precisión, delimitando el perímetro de su taza azul turquesa y que siempre le habían parecido satélites obscenos orbitando sus esponjosos pezones alrededor de la leche caliente; no soportaba llegar al portal y encontrarse cada mañana con Dolores, la portera del edificio, que personificaba el manido tópico de profesional de la charlatanería barata ( Hola Carlitos, corazón, a trabajar otra vez , ¿no?, si es que tu madre tiene que estar de un orgulloso…), ni sentir esa aversión que le encogía todas las vísceras cada vez que se aproximaba a la parada del autobús, línea dos, y se subía,  y se colocaba en la última fila y fingía  la lectura de cualquier libro para que las miradas del resto de viajeros no se dirigieran a su desafortunada cara y le obligaran a clavar las pupilas al suelo como un animal domesticado, y bajarse en la tercera parada, siempre en la tercera aunque la cuarta le dejara justo delante de la librería donde trabajaba desde que había dejado el instituto, para poder tentar a la glotonería en el quiosco de Ramiro y comprarse la palmera de chocolate rellena de nata que endulzaba el amargor que le producía la repetitiva secuencia del día a día, y comerla a pequeños mordiscos, fantaseando con la eternidad de ese alimento; por supuesto, también despreciaba encontrarse en medio del trayecto al violinista de bigote grotesco que se empeñaba en hacer creer a los transeúntes que esos berrinches escandalosos de gato enrabietado eran producto de la ejecución perfecta de las sonatas de Johann Sebastian Bach (¿Cómo podía ser posible que después de tantos años su capacidad de interpretarlas, siempre las mismas melodías, todas las horas de todos los días de todos los meses de todos los insoportables años que le venía escuchando, no solo no mejorara sino que alcanzara cotas inimaginables de imperfección?) Le resultaban insoportables las ocho horas laborales que le robaban el tiempo a su futuro y las clientas que siempre requerían las cosas más absurdas (Quiero un libro color morado que se compró hace tres meses mi cuñada aquí e iba de asesinatos, o de guerras, o de parejas que discuten… algo así. ¿Te queda alguno de esos?) Y ya no le divertía reírse con sus amigos, Chema y Manuel, de todas estas anécdotas surrealistas mientras tomaban unas cañas, que siempre eran seis y siempre iban acompañadas de tres bolsas de patatas al jamón y una tapita escasa de aceitunas rellenas de anchoa. En definitiva, que el resto de la jornada se reducía a llegar a casa, ignorar los reproches de su madre por tener que  tirar a la basura los huevos de pita de corral con patatas y chorizo del pueblo que le había preparado para cenar, encerrarse en su habitación, ponerse una pelicula japonesa que solo él entendía ( o al menos eso creía, nunca se puede estar seguro de haber entendidio una peli nipona),  y quedarse dormido, tejiendo en su cabeza la fantasía imprecisa de que a la mañana siguiente un factor imprevisible cambiaría su existencia. Eso nunca sucedía, no al menos como a él le hubiera gustado, porque los imprevistos siempre se traducían en multas de tráfico, tropezones en la calle o plantones amorosos. Asi que Carlos utilizaba los fines de semana para inventarse otra historia que sacarse de la chistera si alguna diosa de ébano, le encantaban las mujeres raciales, se cruzaba en su camino. Pero hasta eso dejó de hacerle más llevadera su desidia. Y entonces culpó a la ciudad, a las escasas oportunidades que le ofrecía, a su hermético sistema social, al antipático clima…y creyó que la solución a todas sus desdichas era escaparse cuanto antes de allí, dejarla atrás, envolverla de olvido y arrojarla al vertedero de la ignorancia. No le fue difícil. Encontró en Internet un curso de formación de editores y en escasos dos años se vio trabajando en una prestigiosa editorial y trasladando su domicilio a Londres. No tenía sentido negarlo, durante un tiempo fue feliz. Así que durante esos años se dejó engullir por las fauces de alquitrán de una ciudad que vomitaba niebla constantemente y aunque le resultaba algo inquietante comprobar como la globalización había afectado también a su cometido ( las calles londinenses eran un un calco absoluto de la ciudad olvidada y su gastronomía compartía con la de ésta las mismas pizzas congeladas en los supermercados, las mismas hamburguesas supercalifragilísticaespialidosas, las mismas ensaladas precocinadas donde solo alcanzabas a adivinar el color de la indescifrable salsa pero nunca el contenido comestible de éstas, que bien podía ser pasta, verdura, o trozos de neumático troceado…Todas las ciudades se habían convertido en una sola, dentro de ese ente impreciso que era la Unión Europea y que, francamente, a Carlos le parecía la forma más cruel de enterrar la originalidad). Pero eso lo vio más tarde, porque como digo, durante cuatro años se mantuvo entretenido volcando todos sus esfuerzos en un trabajo que por fin le llenaba y lo que era mejor aún, al que parecía gustarle, concediéndole ascensos y reconocimientos que nunca antes había experimentado, y burló al reloj mientras seducía a mujeres inglesas con instintos controlados que se desataban a la tercera pinta de cerveza que engullían y que encontraban en su acento español un no sé qué irresistible que hacía que se lo rifaran, como si fuera un artículo de feria, para llevárselo a la cama sin necesidad de que él tuviera que recurrir a sus trucos de modelo de pasarela que en lugar de cambiarse de traje muda su identidad dentro del vestuario. Todo era más fácil en Londres…hasta que dejó de ser un recién llegado y la ciudad empezó a tramitar su adopción inmediata. Tener una urbe materna parecía malo, pero una urbe madrastra que nunca acaba de quererte como a cualquiera de sus ciudadanos nativos era todavía peor. Y volvió a aburrirse de recorrer las mismas calles cada día, del ¡Good morning, my love! de Susan, su última novia de instintos controlados que como ya nunca bebía ni una sola cerveza jamás liberaba de sus cadenas la corrección protocolaria, de las tardes de té con pastas, de su despacho de alto ejecutivo, de la humedad calándole los pantalones y de los horarios inverosímiles de las comidas ( En ningún momento logró acostumbrarse a esa manía inglesa de cenar a las siete de la tarde). Y entonces quiso volver a su ciudad, cuando se dio cuenta de que no era ella el problema si no él, de que no escapaba de un lugar sino de su incorregible tendencia al fatalismo, cuando pudo admitir que aquellos días sencillos en esas tierras sencillas eran sencillamente felices, porque la felicidad se reduce a la simpicidad…y reconocerlo lo liberó un poco. Yo lo encontré sentado en la parada del autobús, la línea uno, la que durante años había sido la línea dos. Pasé por delante  de él y sentí, como un huracán desatado dentro de mi cuerpo, un desamparo tan grande que tuve que girar la cabeza para buscar el origen de esa desazón. Me senté a su lado. El chico fumaba un ducados rubio mientras hundía el mentón en su cuello. ¿Tienes fuego? le pregunté mientras terminaba de liarme uno para mí, después de ocho horas en la pescadería intoxicándome con el olor a arenque ahumado y no con el humo del ansiado tabaco. Me dio fuego, sin mirarme, en un acto mecánico, aislado de emociones.

- Yo siempre cogía esta línea de autobúa para ir al trabajo. Ahora te lleva hasta la otra punta, es curioso- No hablaba conmigo, lo sabía, no solo porque no volvió su rostro hacia mí en ningún momento, sino porque yo también sentía la misma indiferencia hacia mi persona.

- Lo sé, lo cambiaron el año pasado por no se qué gilipollez sobre la restructuración del recorrido de los transportes públicos.

- Y mis padres ahora viven en las afueras, en un chalecito, desde que el viejo se retiró. Joder, daría lo que fuera por un huevo con patatas y chorizo de pueblo. Todo está tan distinto…Había una portera en el edificio, Dolores se llamaba…era un descojone oírla hablar, en serio, no tenía fondo… murió hace seis meses, un ataque al corazón, creo.

- Lo siento. ¿La apreciabas mucho?- farfullé entre dientes. Temía que si se percataba de que mi presencia era real, su voz dejara de prestarle su sonido al aire para regalárselo a mi cerebro.

- No estoy seguro.¡Ah! Y el quiosco de Ramiro ha sido traspasado, no pude creerlo cuando me lo dijeron. Ahora hay una franquicia de esas de Vodafone, o algo así, de telefonía móvil por lo menos, de eso no tengo duda. ¿Dónde compra ahora la gente las mejores palmeras de chocolate rellenas de nata?- Calló por un momento, el tiempo suficiente para tomar aliento y seguir hablando con la nada- Pensé que llegaría y por fin el violinista que siempre se colocaba en el tercer banco del parque habría mejorado algo su interpretación de Bach. Era malísimo, el pobre- sonrió por primera vez, tímidamente, apenas un bajo relieve en la comisura de sus labios.

- Si, me acuerdo de él, creo que ahora está en Amsterdan, con uno de sus hijos.

- Si,eso dicen. Ahora, en el mismo lugar, se coloca un guitarrista que toca con una maestría digna de conservatorio…no tiene mérito. También la librería ha cambiado de dueños. Yo trabajé allí, desde el mismo día en que dejé el instituto, ¿Lo sabías?- Me sobresalté. Parecía haber tomado conciencia de mi presencia.

- Pues no – Claro que lo sabía, pero no podía decírselo.¿Cómo contarle que ahora parte de mis ser había dejado de existir en  favor de la mitad del suyo?

- Me siento huérfano, perdido. Todo lo que soy se ha desvanecido y ya apenas me reconozoco. – Se levantó y se fue, así, sin más. No pude verle el rostro pero el temblor de sus hombros delataba al incipiente llanto.

Hay ciudades que se escapan y no regresan nunca. Ahora Carlos lo sabe…pero es tarde. Las ciudades despreciadas son como las mujeres que sufren de abandono, y a las mujeres hay que mimarlas, cuidarlas, cultivar el cariño por ellas, descubrirlas cada día, enamorarse de sus recovecos y hacerlas sentir los seres más especiales del planeta.Es posible que Carlos creyera que había sido él quien había abandonado su tierra por voluntad propia y  que cuando volviera como el ciudadano pródigo que retorna a su hogar arrepentido, ésta le abriría sus brazos asfaltados con la cálida impaciencia de quien recibe lo esperado, pero tal vez en su escapada reflejara la huida de esta urbe y no la suya, porque hay que amar con constancia lo que nos define, porque si no se pierde en la memoria, deja de pertenecernos…como esa ciudad, su ciudad, que se escapó un día de su alma y no regresó nunca.

 

Estaciones

Seguramente, cuando inventaron el otoño, a nadie le dio por acordarse de la gente como él, de las personas que no se comen el mundo de un bocado sino que lo retienen en el arco del paladar, un buen rato, explotando el sentido del gusto para que los recuerdos se adhieran a las papilas gustativas y el cerebro no pueda traicionar a la memoria. Y sin embargo, casi podría asegurar que a él le encantaba el otoño, en su versión perenne o su versión caduca, porque era en esa dualidad estacional donde podía encontrar un argumento que justificara sus actos, delirantes para unos, absolutamente geniales para otros. Seguramente, cuando inventaron el invierno, nadie se acordó de la gente como ella, de esas personas que no verbalizan al aire sus afectos, sino que dosifican su expresión con cuentagotas, deteniendo sus sentimeintos en la intersección justa donde se divide la intensa capacidad de amar y la firme determinación a pasar inadvertidas. Podría jurar, no obstante, que a ella le fascinaba el invierno, porque era en ese intervalo helado de tiempo donde más podía reconocer su reflejo, autista e inaccesible para unos, misteriosamente fascinante para otros.  Sea como sea, a veces, en contadas ocasiones, los meses se solapan y pueden llegar a coincidir en el tiempo, como esos últimos días de otoño donde el frío de la tarde empieza a amoratar los dedos de las manos, tomando un cariz profético que anuncia sin proponérselo la incipiente llegada del invierno. Así se conocieron ellos, bruscamente, sin planearlo, sin desearlo siquiera, instalados como estaban en sus cómodas vidas, cumpliendo el precepto  de pareja ideal, actores de segunda en esa representación sobreactuada de la dulce cotidianidad del día a día. Todo esto puedo contarlo porque yo estaba allí, fui testigo ocular y sensorial de todo cuanto acontecía en ese particular centro de yoga, y no sé si lo he dicho antes, pero a veces soy capaz de sentir lo que otros sienten, de colarme en sus cabezas y profanar sus almas…en fin, esa es otra historia, pero solo a través de ella podemos llegar a entender el motivo por el que poseo la autoridad suficiente para relatar con total certeza los acontecimientos. Creo que fue en Octubre, lo sé porque recuerdo que en esos días yo percibía cómo poco a poco me abandonaba esa extraña sensación de sentirme peregrina en mi propia ciudad, algo que ocurría siempre cuando las fiestas patronales daban comienzo y masas informes de gente ocupaban las calles y las plazas, y los rincones que había transitado cientos de veces se convertían en metáforas de sí mismos, y  yo los descubría como si fuera la primera vez , con la ávida curiosidad de un turista que amenza al corazón de la ciudad con una “Canon” recién cargada. El final de las fiestas desvanecía consigo todo ese carácter ilusorio y las decisones postergadas exigían una acción inmediata. Así que no lo dudé más,como venía planeando durante meses, me apunté a Yoga. Estaba claro que si debía de aprender a convivir con un don que no solo no había elegido sino que me aportaba más desequilibrio que armonía, tenía que buscar un método para canalizar toda esta energía ajena, y así fue como le conocí, primero a él, luego a ella, de la misma manera que precede el otoño al invierno, como no podía ser de otra forma. Entré en el edifico, con mi chándal urbano recién estrenado y uno de esos bodys deportivos que colocan todas las partes del cuerpo en su sitio exacto y poseen unas costuras mágicas que evitan las antiestéticas marquitas a la  altura del trasero que tanto odio, vamos, que estaba divina, pero se notaba a leguas que era una novata en esto de las terapias alternativas y que estaba haciendo esfuerzos sobrehumanos por aparentar una confianza en mí misma que no poseía. Me detuve en seco, justo en el umbral de la puerta,  con expresión ensayada de: “Hey, aquí estoy yo” que lamentablemente no causó el impacto deseado.Nadie, absolutamente nadie, me prestó la más mínima atención. Alrededor de algo que no conseguía ver, un grupo de pesonas tomaba sus respectivas posiciones para empezar los rigurosos ejercicios de calentamiento. Una vez todos se hubieron colocado, como piezas de ajedrez perfectamente disitribuidas sobre el  cuadriculado tablero, ese algo que se me escapaba cobró forma humana y la imagen de él me atrapó por completo. No sé lo que esperaba encontrarme, tal vez alguna especie de divinidad, con un aura luminosa delimitando los ángulos de su cuerpo y una estructura esquelética elevándose presa de una levitación provocada por un estado de meditación  próximo al Nirvana, yo que sé …cualquier cosa menos esa extraña combinación de náufrago y mendigo que atormentaba mis retinas con la vulgaridad de su envoltura y que para qué negarlo, en un principio defraudó poderosamente todas mis expectativas. Pero esa primera impresión, injustamente desvirtuada por los tópicos y los prejuicios, pronto se vio remplazada por un asombro y una atracción casi hipnótica desde el preciso instante en que empezó a hablar y las paredes giraron sobre mí misma como una peonza echada a rodar . Todo mi mundo se redujo a su voz: el espacio, el tiempo, los nervios, la sequedad de mi garganta, la desconfianza…absolutamente todo quedó escrupulosamente fijado a ese sonido claro, apacilble, sereno…hasta que entró ella , abruptamente, todavía sofocada después de subir a la carrera, como una deportista olímpica, todas las escaleras que conducían a  ese torturador sexto piso sin ascensor. Irrumpió en la sala como una brisa gélida que enmudeció el rostro taciturno del “maestro” y heló por completo nuestro, todavía algo ortopédico, Saludo al sol. Se disculpó por llegar tarde, un escueto “lo siento” que dio por conluido todo tipo de argumento o conversación posible y la clase prosiguió con ritmo natural para todos, salvo para ellos dos, y cómo no, por extensión, excepto para mí, que no dejaba de ser una prolongación incontrolable de todo lo que bullía en esa sala alargada y fría, que sin embargo, empañaba los cristales con una vaharada de calor que nadie podía sentir salvo ellos dos, y por extensión, claro está, excepto mi persona.

Aunque no sabría describir exactamente adónde habían ido a parar, los meses amenazaban al presente dejándolo atrás a una velocidad vertiginosa. Todos los martes y los jueves a partir de la nueve de la noche me reunía con mis compañeros de yoga y las clases se dividían entre la férrera atención que ponía para realizar con fidelidad posturas antómicamente imposibles para un cuerpo condenado a una rigidez pre-mortis (montañas, árboles, guerreros…) y las emociones que crecían en todas las direcciones cada vez que él se acercaba  a ella para realizar cualquier, en apariencia, inocente corrección. Porque entonces daba igual la voluntad que yo pusiera en centrarme en mi cometido, cuando estaban cerca el uno del otro el palpitar de sus respectivos corazones atrapaba por completo el ritmo cardíaco del mío, y se desmembraba por las zonas neutrales de todo mi ser con una sensualidad urgente, avasalladora, hermosa…como lo es el pecado. Porque yo sabía que ella estaba casada, que no tenía hijos, que trabajaba como directora de marketing de una importante empresa multinacional, que era conocida por todos sus allegados como una mujer fría y calculadora, que había dedicado toda su existencia a proteger su parcela personal de cualquier existencia ajena…Y sabía que él estaba casado, que se había retirado durante años del mundo para encontrar la paz espiritual, que desde niño había sido tachado como “raro”, que había descubierto después de muchos estudios que el verdadero sentido de su existencia consistía en hacer partícipes a los demás de la importancia de compartir las suyas propias. Todo eso y más podía leerlo en sus mentes, datos y más datos de dos historias en apariencia incompatibles e independientes que perdían todo carácter singular cuando sus pieles se tocaban. Yo miraba de reojo los rostros inmutables de mis compañeros, tratando de encontrar algún gesto cómplice, una caida de párpados confidente que hiciera evidente que alguién más aparte de mí era consciente de la incontrolable energía que fluía entre esos dos seres de luz mutilados por la monotonía. Pero nadie parecía darse cuenta. Los meses se sucedían unos detrás de otros, y yo no sabría decir hacia dónde se dirgían…pero el último jueves del mes agosto ella no vino a clase y él se despidió de todos, con un abrumador discurso de agradecimiento. Así sin más, todo lo que soy quedó huérfana de todo lo que ellos eran. Si lo hubiera sabido antes, tal vez hubiera  formulado a tiempo la pregunta …No sé lo que pasó, pero me gusta pensar que ambos sucumbieron sin condiciones al incontrolable arrebato de saberse destinados … Yo lo sabía todo de ellos, todo, excepto una cosa… Debería habérselo preguntado cuando aún estaba a tiempo…¿Cuál es tu estación favorita del año? le hubiera susurrado a él…¿Y la tuya? le insistiría a ella. Allá donde ahora estén, habita la respuesta.

La luna fugitiva de papel

 

Como un rostro borrado

con diez mil arañazos. Yo sentía

la luna fugitiva de papel

caliente sobre el hombro

y me escapaba fuera a pasear,

donde no hay puertas que invitan a entrar, estúpidas

ni sueños inservibles de un destino común,

Donde la soledad, siempre tan sola,

transformaba el asfalto en escenario impúdico

del deseo velado

y no existía excusa para la retirada clandestina,

con la mirada al suelo y silbando

aquella melodía que se tragaba el mar

siempre que naufragaba el corazón.

Y de pronto callaron

sus voces los estorbos.

tumbados en la cama, deshecha desde ayer,

cubriéndonos con sábanas ajenas,

conociéndonos como desconocidos,

terminamos tocándonos,

con el último beso de la nocturnidad y el brillo

defendiendo su presencia. Yo sentía

la luna fugitiva de papel

durmiendo en tu costado.

Añicos

Soy una persona hecha de añicos. No es que me haya roto en mil pedazos, es que estoy construida con los añicos que una vez formaron parte de un todo: cuerpos, rostros, pasados, recuerdos…No soy un ser especialemente raro, o tomando en cuenta que el género humano comprende un amplio abanico de rarezas, soy tan extraña como lo podría ser la vecina del quinto que siempre tiende la ropa a las cuatro de la mañana, solo ella sabe por qué, o mi amigo Eduardo que colecciona mechones de cabello despojados de las cabezas de sus dueños y que vegetan inertes sobre el suelo de su peluquería (por si algún día me quedo calvo, suele decir) . Mi particularidad, llamémosla así, es que soy capaz, a veces muy a mi pesar, de adentrarme en las vidas ajenas, de poner en práctica una empatía llevada al extremo, de tal manera que abandono mi condición personal y todo lo que soy deja de existir en favor de otra personalidad ajena. Me adentro en sus alma, buceo en sus memorias, me adueño de sus sentimientos y violo con descaro la más profunda y reservada parcela de sus pensamientos. Tenía cinco años cuando fui consciente por primera vez de que lo que me ocurría sobrepasaba cualquier parámetro de normalidad establecido. Estaba en un centro comercial. Es fácil que te ocurra en lugares concurridos de gente que despliegan ante tí todo un catering de sueños, deseos, frustraciones, traumas…Yo miraba una barbie motorista, perfectamente equipada con su casco rosa, su chupa de cuero rosa y su moto de plástico, que como no podía ser de otra manera, también era de color rosa. La atención que una niña le pone a lo que considera en esos momentos el objeto de sus deseos puede sobrepasar los límites de la obsesión, por eso, aunque los años suelen desvirtuar los recuerdos, estoy segura de que no fui yo quien busco en los rostros de los transeúntes una puerta semiabierta por la que deslizarme para okupar los desvanes de sus historias. Sin embargo ocurrió. Me fui alejando de mí sin darme cuenta, mi cabeza se convertía en una autopista por la que circulaban a gran velocidad frases inconexas, chocando unas con otras, en una carrera sin reglas cuyo objetivo era instalarse en mi, todavía virginal,cerebro. Y una de esas voces anónimas, sin nombre ni apellidos, fue la más persistente. Decía - No voy a esperar un minuto más, en cuanto llegue a casa le pido el divorcio a ese hijo de puta. Mi alma ingenua de niña se vio de pronto superada por sentimientos desconocidos hasta entonces: la angustia, la desesperación, la nostalgia…me puse a llorar. Mi madre me consolaba mientras secaba las lágrimas de mis mejillas y me limpiaba los mocos con un pañuelo de tela que tenía un pájaro azul bordado en una de sus esquinas ( existen pocas personas en la actualidad que sigan usando pañuelos de tela)  y me decía - No te preocupes cariño, mañana te compraré esa barbie, nadie te la va a quitar, te lo prometo. Pero yo ya no pensaba en esa muñeca cursi y hortera, por muy motorista que fuera - Esa señora tiene que divorciarse de un hijo de puta y se le está rompiendo el corazón en mil pedazos. Esos fueron los primeros añicos que recogí…pero no fueron los últimos. Con el paso de los años aprendí a convivir con los cacareos a veces indescifrables, con los pesares que no me pertenecían o con las alegrías robadas, como una impostora involuntaria que se resigna a escuchar detrás de las esquinas secretos inconfesables. Mientras, se sucedían las visitas al psicólogo, más tarde el psiquiatra, incluso a a chamanes con huesos de pollo colgando del cuello que deslizaban piedras sobre mi piel y entraban en trance ayudados por profundos cánticos milenarios, pues mis padres no tardaron  en instalarse en el firme convencimiento de que su hijita había desarrollado alguna enfermedad mental todavía por pronosticar y toda ayuda sería poca con tal de devolverme el quilibrio. Dejé de hablarles de estos atípicos sucesos, temiendo que en semejante desfile de terapias  terminara inmiscuyéndose alguna práctica exorcista o algo así, y la ausencia de anécdotas acabó por etiquetar mis antiguos transtornos como meros juegos infantiles, conocido caso de NIÑA QUE SOLO QUIERE LLAMAR LA ATENCIÓN DE SUS MAYORES. Pero tú fuiste diferente. Lo supe desde el principio. Tomabas café en la cafetería que está justo en frente de la pescadería donde trabajo. Yo cortaba una merluza en rodajas finas para Trini, que es tremendamente tiquismiquis con el grosor del pescado y ese día estaba especialemente intolerante, lo tuve claro porque empecé a sentir un nerviosismo próximo a la histeria en cuanto la vi atravesar la puerta del establecimiento. No necesitó contarme que había discutido con su nuera, ni lo indignada que se sentía por las pocas muestras de agradecimiento que recibía de ella, a pesar de dejarla vivir con su hijo en su casa y sin poner un duro, la muy caradura. No hizo ninguna falta que lo verbalizara, todo su ser se adueñó de mí y empecé a sentirme exáctamente igual que se sentía ella…hasta que alcé la mirada y te vi…y Trini se escabulló de mi ser como si se deslizara por un desagüe, y volví a ser Natalia, una Natalia estúpidamente hipnotizada por tu imagen de hombre solitario bebiendo café y ojeando un periódico con una parsimonia tediosa a la que podía atribuirse cierta dosis de desinterés. Todos los días, a las doce menos diez, te sentabas en la misma mesa. Yo te miraba desde aquí, mientras servía un kilo de mirlotos, o limpiaba sardinas, o abría una lubina a la espalda. Actos mecánicos que solo enmascaraban la firme voluntad que me impulsaba a atravesar el cristal, acercarme a tí y adueñarme de tu todo, saber en qué pensabas, qué sentías en esos momentos, si habías hecho el amor esa mañana, si desayunabas dulce o salado, si tu jefe te tenía hasta los cojones con un exceso de trabajo mal remunerado, si creías en dios o en el demonio, o si te masturbabas al llegar a casa pensando en la pescadera que trabajaba en frente de la cafetería donde a medio día tú parabas a tomar café y a leer el periódico, con una parsimonia salpicada de tedio a la que podría atribuirse cierta dosis de desinterés. Y me armé de valor, ahora sé que tú sabías que lo haría justo ese día  porque te habías puesto una chupa de cuero negra, como a mí me gustan y llevabas el pelo despeinado, informal, y te parecías a esa estrella maldita del rock con la que tantas veces había fantaseado en la ducha. Entré en el bar y me senté en la barra, justo enfrente de tí. Pedí un Martini blanco, con aceituna, aunque nunca me la como (Eduardo se indigna cuando la dejó reposar sobre la copa vacía. A Eduardo le encantan las aceitunas, yo las detesto) No me gustan, pero es innegable que el jugueteo de una aceituna alrededor de unos labios húmedos de Martini puede ser un juego excitante si la situación lo requiere…te clavé la mirada, me concentré profundamente y…nada. Ni uno solo de tus pensamientos, ni la más mísera emoción, ni un calendario de dudas que regalarme. Permanecías allí, estático, impenetrable, insondable…como un océano oscuro, tentador en su negrura fantasmal…lo intenté una y otra vez, rozando el desespero, la incredulidad, el desconcierto, y me di por vencida, molesta por mi recién estrenada incompetencia y por tu firme determinación a prohibirme la entrada a tu privacidad. Escupí la aceituna en el cenicero con puntería de arquera (si Eduardo estuviera aquí se la habría comido igual, él nunca le hacía ascos a una aceituna aunque estuviera chuparrateada), cogí mi bolso, me dispuse a salir y pensé - Menudo capullo, no sabe lo que se pierde, si hubiera podido leer en sus pensamientos que le encantaría cenar conmigo, esta noche le hubiera preparado un virrey al horno que se hubiera chupado los dedos, hubiera abierto la mejor de mis botellas de vino (seguramente esa que guardo en la despensa esperando a que mi príncipe llegue y me tiña de azul el pomo de la puerta) , habría colocado las sábanas de seda sobre la cama, encendido los inciensos de aromas frutales con efectos afrodisiacos  y, sí, sin duda le hubiera hecho el amor como no se lo han hecho en su vida. Me dispuse a pagar, todavía contrariada, cuando una voz cálida y profunda me escribió en la nuca los versos de un poema: A las diez en tu casa, no hace falta que me des la dirección, ya lo has hecho. Preferiría dorada, pero el virrey está bien y…me encanta el vino blanco. ¡Ah, por cierto! no te molestes en cambiar las sábanas de la cama, dudo mucho que nos dé tiempo a llegar a la habitación.

Salió sonriendo, con gesto victorioso. Natalia enmudeció y sintió por primera vez esa indefensión que se apodera de uno cuando es desvalijado por dentro.¿Qué ocurre cuando un montón de añicos se junta con otro montón de añicos? Estaba dispuesta a descubrirlo. Esa misma noche…

TARDE

Podrías haberme gritado, por ejemplo,pero por alguna extraña razón has preferido camuflarte en el silencio y vedarme la entrada a tus rincones, y dejarme caminar descalza sobre el frío y laberíntico mármol hasta que los pies terminaran por congelarse, tan cubiertos de escarcha como lo está el gesto inanimado de tu cara mientras hundo mi frente a un lado de tu cuello. Tú me hablaste,eso es cierto, pero sentí tu aliento tan inútil como un calefactor oxidado, y para qué negarlo, tengo el trastero lleno de cosas que no tienen ningún uso. Podrías haberme dicho que me quieres, por ejemplo, pero puedo vaticinar, con charlatenería de gitana de feria, que esas palabras terminaran por picotearte el alma como aves carroñeras, porque el amor cobarde se torna putrefacto con el paso del tiempo  y tal vez no haya nadie que pueda rescatarte del naufragio cuando no encuentres tablas que sostengan tu ego. Podrías haberme suplicado: No te marches, por ejemplo, en lugar de subir el volumen de la música (por mucho que me guste a mí también hacer temblar la realidad con un exceso atormentado de decibelios) o ventilarte un paquete de pipas con pericia de ardilla, u obviar mi despedida como un hipnotizador desmemoriado, o escupir tus secretos al espejo…( Todavía a veces, lo reconozo, me coloco frante a él cual Blancanieves y rebusco en la sombra de tu ausente reflejo vestigios de las cosas que aun me ocultas) ¿Se debe proteger uno de aquello a lo que ama?

Han pasado cinco meses. Es lunes. 9:36. Me has gritado, una hemorragia de sonidos deseperados, desmenbrando el silecio, reabriendo cicatrices. Te quiero…me dices…muchas veces…con los labios, los dedos, los ojos, el agitar nervioso de tus brazos…No te marches…se lo gritas al vacío que pernocta en mi  lado de la cama…has abierto los ojos, por fin,  y te has dado cuenta… ahora ríndele cuentas a aquello que no has hecho…yo ya hace cinco meses que me he ido…TARDE.

 

Piedras

- ¿Y qué se supone que venimos a hacer aquí?- Lo dice sonriendo, inspirando la gélida brisa marina, sorbiéndose los mocos con la resignación de un niño que es obligado a ingerir un plato de acelgas.

- Busco mi piedra- Él mira a su alrededor, le echa un vistazo dismulado al reloj, localiza en la lejanía a los demás, sus risas se diluyen en el murmullo de mar, las botellas de vino brillan a lo lejos, como la luz intermitente de un faro…

- Pues será por piedras…mira, ahí tienes una- Se ve obligado a zigzaguear entre ramas, redes de pesca, algas enmarañadas…

- No, esa no es- le digo mientras agita entre sus manos una piedra ovalada.

- ¿ Q-qué?- me divierte el desconcierto dibujado en su cara…y me enternece.

- Que es muy bonita…pero no es mi piedra- No trato de que lo entienda, hace tiempo que he abandonado todo propósito de parecer normal ante la gente. Sé que cuanto más me esfuerzo en hacerlo, más lejos estoy de alcanzar mi objetivo.

- ¿ Y cómo lo sabes?- Despega los labios como si fuese a besar el cielo. Ya no hay impaciencia en su voz, más bien diría  que emite un sonido salpicado de curiosidad, de interés…tal vez

- Porque ella tiene que encontrarme a mí, dentro de quince minutos, a media noche.

- Ah, claro- Nos quedamos en silencio. Apenas escucho el mar. Todo es ausencia, vacío de sonidos.

- Colecciono piedras, de todos los lugares que recorro, y de todos los suelos que pisan las personas que me importan.- Por alguna extraña razón me siento obligada a explicarle mi pequeña extravagancia.

- Eso es bonito- Hay un espacio infinito brillando de emoción en su mirada.

- Y todas tienen una historia. A veces más de una. Creo que es como el cuento de Hansel y Gretel. Mi obsesión con las piedras, quiero decir.

- ¿El de la bruja de la casa de chocolate?-  Sus mejillas están encendidas por una exaltación inexplicable. Pienso que he alcanzado sin saberlo el epicentro infantil de su memoria; eso y que me encantaría comerme un bocadillo de chocolate de almendras, también me invade esa idea,mierda…

- Sí, ese mismo cuento. Mis piedras también marcan un sendero, para no perderme, para poder volver siempre…volver a ese preciso instante, a las personas que fuimos, a los sentimientos que no quiero que se desvanezcan en el olvido cuando el paso del tiempo comience a mitigar su intensidad. Así que son solo eso, gotas de recuerdos petrificadas.

- Gotas de recuerdos petrificadas- Lo repite como un eco, no sé si para grabar esas tres palabras en los tímpanos o para tratar de descifrarlas, des descodificar su significado.

- ¿Y esta es muy importante?

- Mucho. Es la cuarta piedra. Tengo una primera piedra que es el SOL, que se alza poderosa y une su vértice superior dejándose mecer en el descenso de otra segunda piedra que es la LUNA. Y luego hay una tercera, solitaria, que es EL MOMENTO y está tumbada, completamente inmóvil, incompleta. Ambos, el sol y la luna, tienen que tener su momento para no perder el equilibrio. Por eso busco en la cuarta piedra el esquivo momento que les falta.

- No entiendo nada de lo que dices, pero me encanta- Adopta una expresión cómplice, luego intenta camuflar el rubor que se instala a ambos lados de su nariz con leves ataques de tos y ligeros e imperceptibles cabeceos. Se oyen los gritos de los demás, que reclaman nuestra presencia – Ya voy yo, faltan cuatro minutos para las doce y ese MOMENTO a mí no me pertenece.

- Gracias- Le digo, y lo veo alejarse.Me siento en la arena. Hago dibujos con un palito sobre su superficie, luego los borro, todos,los deformo hasta que se derriten como un helado de vainilla. Quedan solo dos minutos. Una estela purpúrea se apropia del horizonte, el mar es un espejo de coral cristalino. Un minuto. Dejo caer mi cuerpo hacia atrás, la arena está blanda, se hunde mi silueta, una improvisada  huella de mí misma se abre paso en el centro de la playa.Las doce, en punto. Alargo los brazos por detrás de la cabeza y rebusco con los dedos. La encuentro en un instante. O ella me encuentra a mí…EL MOMENTO solidificado en una gota pétrea…¿Que por qué colecciono piedras?…la próxima  vez que lo pregunten me limitaré a decir: Me hace feliz.

 

 

Noviembre

 

 

Y los dos los sabemos

que todo lo que queda de nosotros

es Noviembre

Cuando nadie nos ve,

cubrimos de hojas secas las baldosas del suelo

y jugamos a lanzarnos otoños a la cara.

Después nos acostamos satisfechos sobre un lecho crujiente

y miramos al cielo.

- Si cerramos los ojos el tiempo se detiene.

Te miento, te dejas engañar, sobornamos al tiempo…

Pero ambos los sabemos

que todo lo que queda de nosotros

es Noviembre.