
Retírate dentro de tí mismo, sobre todo cuando necesites compañía(Epicuro)
Volamos a Milán, de Milán a Abhu- Dhabi, de Abhu Dhabi a Bangkok y de Bangkok a Phonom Phen (Camboya), porque Raúl había encontrado una oferta irrechazable si inicíabamos el tratecto desde Italia. Enumeraba una y otra vez las ventajas que había obtenido al tomar esa decisión, en cada embarque y cada desembarque, añadiendo sucesivamente alguna más a medida que la excitación inicial perdía solidez y la adrenalina anunciaba su retirada agitando desde su trinchera la bandera del tedio. Ahora sé que lo hacía más como un acto de autoconvencimiento que como una estrategia destinada a paliar con fingido optimismo mi desánimo, una vez que el cansancio empezaba a filtrarse por mi, cada vez más agrietada, tendencia natural a mantener la compostura. Estaba cabreada, muy cabreada, porque Raúl no había pensado ni un solo momento en mí cuando decidió “regalarme” este viaje, sino en él, profesor de historia del arte en un instituto de pueblo y arqueólogo frustrado que se pasaba la vida cortejando realidades más afables que ésa que había elegido, que le era propia y que le correspondía por derecho. Y así, cada cierto tiempo, impulsado por un deseo más fuerte que su voluntad, esquivaba el trayecto de su destino poniendo los pies durante meses en lugares tan dispares como la Riviera Maya o el templo de Basarimala en India o el monte Tai de china o el templo Meiji Jingu en Japón o cualquier suelo desconocido que aún no hubiera mantenido contacto con la suela sucia y gastada de sus zapatos y jugaba a ser un Indiana Jones de provincias en busca de un arca perdida que nunca terminaba de encontrar: La paz consigo mismo. Pero esta vez me arrastraba a mí con él, porque estaba seguro de que me quedaría maravillada cuando visitáramos el complejo de templos en la zona de Angkor, porque sabía que dentro de mí se escondía una aventurera sin parangón, porque le agradecería de por vida la oportunidad que me brindaba y bla, bla, bla…yo le escuchaba resignada y le miraba por encima de su euforia. Cuando hablaba tan apasionádamente parecía un sátiro feliz…por entonces para mí eso era suficiente.
Y aterrizamos en Camboya…No voy a hacer un diario de viaje, eso se lo dejo a Raúl, pero sí diré que la primera impresión que obtuve del lugar quedará para siempre injustamente ligada a un sentimiento de vulnerabilidad próximo al horror. Suciedad, oscuridad, partículas de polvo instalándose en mis fosas nasales, resquebrajando el convencionalismo en el que vivía instalada y que me había mantenido segura hasta entonces, aguas turbias contaminándome la esperanza…Hoy miro la fotografía que un turista alemán de sonrisa generosa y barriga más generosa aún se ofreció a sacarnos sólo dos horas después de nuestra llegada…Raúl me rodea los hombros con su brazo, parece satisfecho y el brillo de sus ojos delata un ligero atisbo de impaciencia, como un niño en un parque de atracciones que sabe que debe de aguardar estoicamente su turno en la cola. Yo miro al suelo, con expresión lánguida y parezco perdida… quizá busco algo, no lo recuerdo…o tal vez solo tengo miedo a alzar la vista al frente. Sea como sea, las dos personas que comparten espacio y tiempo en esa fotografía, como sosteniendo el decorado endeble de un escenario irreal, de alguna manera han dejado de existir hoy.
Durante los tres primeros días nos dedicamos a recorrer las tierras de Camboya, bajo un sol tan intenso que hubiera fundido cualquier metal, y a visitar los lugares más típicos, como La isla de la seda donde se fabrica este codiciado tejido de forma completamente artesanal. Yo miraba a mujeres en miniatura que manejaban con escrupuloso dominio máquinas obsoletas y que desprendían a través de sus pupilas un “no se qué” próximo a la serenidad con gestos que en algún tiempo debieron de ser universales pero que ahora parecía pertenecerles única y exclusivamente a ellas, como si desconocieran la dureza de la realidad exterior…o como si sólo ellas fueran poseedoras de una verdad superior que los demás, meros mortales, éramos incapaces de alcanzar. Allí aprendí que la seda se forma a partir de un líquido viscoso segregado por ciertas glándulas de algunos artrópodos, que se solidifica en contacto con el aire formando hilos finísimos y flexibles. El gusano de seda produce estas hebras para fabricar sus capullos y a partir de éstas se origina el hilo, un elemento en apariencia simple pero a partir del cual, las pequeñas mujeres de expresión serena, manufacturaban hermosas telas en un acto, que si no fuera una férrea militante del ateísmo, hubiera calificado como divino o milagroso. Y yo hasta ese momento el único dato que podía aportar sobre el origen del pañuelo de seda azul que mi madre me había regalado para mi 24 cumpleaños y que solía colocar alrededor de mi cuello en las ocasiones más especiales, era que provenía del Corte Inglés y que había costado un pastón. Me sentí como una perfecta estúpida…no sería la única vez que lidiara con ese sentimiento durante mi estancia en Camboya.Recorrimos la isla por entero montados en Tuc Tuc, lo cual, a pesar de la incomodidad que suponían los botes y rebotes provocados por el mal estado de los caminos para nuestras occidentales posaderas, me resultó francamente divertido, máxime si teníamos en cuenta los titánicos esfuerzos de Raúl para camuflar con un inusitado mutismo sus quejas y disfrazar sus expresiones de dolor con una sonrisa plastificada que disimulaba, a medias, el sufrimiento hemorroidal que estaba padeciendo. Dicen que hay pequeñas venganzas que saben tan dulces como una milhoja de merengue…
Una vez abandonamos la isla y siguiendo a rajatabla el recorrido turístico que habíamos elegido, visitamos un montón de templos sagrados y museos históricos, pero en esta ocasión elegimos la moto como medio de transporte y contratamos los servicios de un guía que nos facilitó con sus autóctonos conocimientos del medio la llegada a nuestro destino. Pronto se hizo evidente que Raúl se sentía mejor y ya casi había olvidado su calvario en la isla, con ese asiento acolchadito protegiendo sus sufridas dolencias, porque tan pronto como tuvo ocasión, comenzó a desplegar su arrollador ego cultural en una conferencia magistral dedicada única y exclusivamente a mis “privilegiados” oídos…cada una de las joyas históricas que nos íbamos cruzando a nuestro paso se convertían en la excusa perfecta para alardear de su dominio, así que él se deshacía en explicaciones y divagaciones sin sentido mientras el guía le miraba sin decir nada. Me reí, estaba segura de que ese hombre con camiseta de manga corta amarilla, pantalón astroso y sandalias polvorientas compartía conmigo el mismo pensamiento: ¿No te das cuenta, hombre absurdo, que mientras contaminas el precioso silencio de estos parajes con tu insufrible verborrea, te estás perdiendo la verdadera esencia de su imagen?. Tal vez el hombre callado no pensara eso y simplemente le mirara tratando de descifrar lo que Raúl decía en un idioma que le era ajeno, pero a mí me gustaba imaginar lo anterior.
-¿Qué te hace tanta gracia?- preguntó Raúl.
- Nada- le dije yo, y la incipiente risa derivó en una estruendosa carcajada.
Debo reconocer que poco a poco mi interés por Camboya fue aumentando, lo hizo progresivamente, a medida que experimentaba como la libertad flotaba sobre las húmedas plantaciones de arroz que dejábamos a nuestras espaldas. Abandoné mi obstinación por traducir a un idioma emocional que me fuera familiar cada sentimiento nuevo que descubría y simplemente me dejé llevar por ellos, sin tratar de entenderlos, ni de medirlos, ni de clasificarlos y entonces se me presentó el insólito prodigio de la ternura fragmentándome el tórax cuando un niño que no debía superar los siete años se acercó alegremente para ofrecernos algo de bebida mientras nos examinaba como si fuéramos animales exóticos que no había visto nunca, y me sorpendí acariciando las manos huesudas de aquella anciana desgarbada que avanzaba hacia mí con intermitente indecisión y desafiaba con cada paso su compleja anatomía, la espalda encorvada, las rodillas artríticas…todo el peso de los años delineando áridos surcos en su cara…y tanto esfuerzo sólo para entregarme unas piedras sagradas que me protegerían de la mala fortuna. Y también lloré, y lo hice como nunca antes lo había hecho, con la líquida tristeza que genera la empatía cuando se manifiesta con firmeza, porque de pronto me vi sumergida en las historias que nos relataban los lugareños y sentí en mi propio cuerpo las injusticias que el pueblo camboyano había sufrido durante siglos. Me enamoré de Camboya … pero tardaría mucho tiempo todavía en reconocerlo, empeñada como estaba en demostrar con bufidos y gestos de fastidio que esas mismas imágenes podría estar viéndolas en un documental de televisión, tumbada en el sofá y con un bol enorme repleto de palomitas de maiz recién horneadas en el estupendo microondas última generación que me había autorregalado las pasadas navidades, en lugar de achicharrarme de calor y pasear mi indignación sobre una moto pleistocénica, en un viaje accidentado que a punto estuvo en dos ocasiones de verse interrumpido a causa de mis inoportunas bajadas de tensión.
- La muchacha no está acostumbrada a este clima- le dijo el guía a Raúl simulando preocupación. Estos occidentales no están preparados para afrontar la adversidad, leí yo detrás de sus palabras.
Y llegamos, por increíble que parezca, a las mismas puertas de lo que podríamos denominar El Paraíso absoluto a lo ojos de Raúl, los templos de Angkor, la indiscutible y justificada razón por la que había obviado mi necesidad de relax y se había recompensado a sí mismo con este viaje. Todos y cada uno de los templos que componen este complejo me maravillaron, invadida por una paz espiritual que, a decir verdad, no iba para nada conmigo, y eso que alguna que otra vez había sucumbido a la tentación de conectar con mi yo superior a través de diferentes métodos, como yoga, visualizaciones creativas, técnicas de autodescubrimiento, lecturas interminables sobre filosofía budista…etc, pero siempre terminaba abandonando antes de terminar cualquier práctica y me rendía a la evidencia de mi superficialidad ahogando la frustración en el Mcdonalds más cercano y con una hamburguesa superlativa y unas patatas fritas tamaño XL encima de la mesa esperando ser devoradas. En esta ocasión no hizo falta por mi parte ningún tipo de esfuerzo antinatural, mientras avanzaba como una hormiguita intimidada ante la majestuosidad de esas construcciones, apenas podía prestar atención al discurso catedrático de Raúl que me hablabla sobre los Jemeres rojos y sus sanguinarios actos y bla bla bla… todo mi ser se había dispersado, evacuado, trasladado a otro tiempo…a través de mi mente desfilaron en línea recta todas las cifras y las letras que componían el diario no escrito de mi vida pasada, como si hubieran transcurrido siglos enteros desde la última vez que había sido yo misma. Las nubes de mosquitos ya no me amenazaban con una perspectiva vacacional imposible de soportar como lo hacían antes, ni los cientos de turistas, que como ovejas de rebaño seguían al guía que los pastoreaba a través de las ruinas, ni las niñas bilingües, y trilingües incluso, que se acercaban cada dos minutos a vendernos cualquier cosa y que nunca desmembraban la sonrisa de sus labios aunque recibieran una negativa tras otra como única respuesta…nada de eso me molestaba porque yo ya no era yo, y yo no estaba allí, y desde luego no estaba con ellos. Pero fue justo cuando llegué al templo de Tha Prohm cuando sentí que este viaje cambiaría mi vida para siempre. Gigantescos árboles con desproporcionadas raíces habían invadido las ruinas, se habían adueñado de ellas con la autoridad incuestionable que ejerce la Madre Tierra. Todavía hoy, retengo en el complejo neuronal de mi cerebro, en el estratégico punto que dilata las emociones en el pecho, a lo largo de todo mi sistema nervioso, aquel hermoso instante. Me senté en una de las ramas, grande, gruesa, con su madera astillada y ligeramente cubierta de un incipiente musgo que le proporcionaba una tonalidad verdosa casi cristalina… parecía que mi cuerpo descansara sobre un trono tallado en verde Jade. Busqué a Raúl con la mirada. Estaba lejos. Se había unido a la manada y sacaba fotos a distro y siniestro. Por un lado me parecía un corderito queriendo llamar la atención del resto de eruditos que se vanagloriaban de sus conocimientos sobre la cultura camboyana y que sin embargo no habían reparado ni por un momento en la belleza abrumadora de este regalo de la naturaleza ni en la paz que naufragaba en las pupilas curiosas de los lugareños que los miraban con expresión divertida mientras susurraban tímidamente algún dato que les pudiera parecer de interés a los visitantes. Por otro lado, sabía perfectamente que el afán de Raúl por hacer el album perfecto era poder torturar a sus estoicos amigos con lecciones wikipédicas sobre los templos visitados. Compadecí entonces la incondicionalidad de su gente, porque vamos a ver, no es lo mismo tener que sufrir el aburridísimo viaje de novios de una pareja a la que quieres y que se acaba de casar que padecer los cientos de viajes de luna de miel que emprendía Raúl para sellar de algún modo su amor propio. Pura fachada, que una vez despareciera no dejaría ni un ápice del misterioso sabor a historia que se paladeaba alrededor de estas ruinas. Después de hora y media se percató por fin de mi ausencia.
-Creo que he estado antes aquí- Le dije cuando se apróximó para ofrecerme un trago de agua.
-Claro, tú y Angelina Jolie, ¡no te digo! Lo que te pasa es que te resulta familiar por la película de Tomb Raider, que la rodaron aquí.- Idiota…, lo pensé, no lo dije, claro está, no era plan de ponerme a discutir en el interior de un templo sagrado, pero yo no había visto esa película porque entre otras cosas odio las peliculas de acción, y por otro lado, me asombraba que Raúl careciera de la sensibilidad necesaria para llegar a entender lo que me estaba pasando. Idiota…volví a pensar para mí misma, dos o tres veces más antes de abandonar Angkor.
Era domingo. Última noche en Camboya. Decidimos salir a cenar y retirarnos pronto a la austera pensión que habíamos elegido como alojamiento, porque a la mañana siguiente teníamos que levantarnos muy temprano para inciar el viaje de retorno a España. Comimos en un restaurante típico, sentados en posición de loto, como era costumbre allí, sobre un tapete donde dispusieron un montón de platos. Había sopa, verduras de todo tipo, carne frita, pescado y arroz. Los camboyanos cenan a las cinco de la tarde, así que para nostros todo este despligue gastronómico parecía formar parte de una merienda copiosa.
- Estoy deseando llegar a España- protestó Raúl, que no llevaba muy bien eso de tener que sentarse en el suelo para comer, no olvidemos ese pequeño problema innombrable que le había traído de culo todo el viaje. -Además, por lo menos podían traernos palillos, en China y en Vietnam lo hacen, esto de comer con las manos es un guarrada.- No daba crédito a sus palabras. Raúl el aventurero, el explorador, el crítico entusiasta de las acomodadas sociedades neoburguesas… en ese momento mataría por una mesa en condiciones y una paella valenciana.
-¿No eras tú el que decía que era maravilloso conocer la verdadera esencia de los pueblos? Tal vez me equivoque y la persona que venía sentada a mi lado en el avión se ha quedado en la Isla de la Seda- le pregunté con sarcasmo.
- Efectivamente cariño, para valorar mucho más la suerte que tenemos de vivir en el lugar en donde nos ha tocado nacer.- Me callé y lo miré. El cabello revuelto, los ojos brillantes, dentro de su ropa un cuerpo perfecto y acalorado…y no sentí otra cosa que no fuera distancia, porque yo estaba en Camboya, profundamente embebida de su esencia, y él ya estaba en España, si en algún momento la había abandonado.
Decidimos tomarnos unas copas en algún chiringuito cerca de la playa que ofrecía Phonom Phen para el ocio nocturno. Y entre la multiud de turistas que atestaban sus estrechas calles dejé de sentir la presión de la mano de Raúl sobre la mía…me perdí… o tal vez sea más acertado decir que me encontré, después de 29 años de búsqueda. Al principio estaba asustada, muy asustada, porque yo sin Raúl no sabía moverme por esos lugares, apenas controlaba el inglés y aunque lo hiciera eran poco los camboyanos que dominaran ese idioma. Escogí un bar al azar, “Cheap Charly Music Café”. Me senté en la barra y pedí una cerveza fresquita. Recordé que era domingo. Todos los domingos cenaba en casa de mi madre, con mi padre y mis dos hermanos. Era un ritual sagrado para nosotros, porque ella preparaba asado de cordero con patatas panadera y de postré tarta de manzana bañada en licor. Quería estar allí, segura, con ellos, y cenar el cordero de mamá mientras renegábamos de las injusticias que retransmitía el noticiario en la tele, lejos de ellas…ahora me sentía en el eje exacto donde todas éstas giraban y no había ningún botón para apagar esa certeza, me sentía envuelta en una espiral que me arrojaba hacia la nada y lo único que tenía por delante era un inabarcable infinito.
-¿Española?- me preguntó Ieng.
-Sí- le respondí yo, con una familiaridad inconcebible.
-Has estado aquí antes.
-Eso creo…- Las palabras avanzaron con prudente lentitud, luego cada vez más rápido, mientras paseábamos, mientras nos deteníamos a observar a lo transeúntes, mientras me relataba toda la historia de su pueblo y su voz se filtraba a través de mis oídos con el poder hipnotizador de una canto de sirena. Me llevó a la ciudad flotante en donde vivía, Tonde Sap (Lago Sap), la reserva de agua más grande del sudeste de Asia. El pueblo se llama Chong Kneas y está asentado sobre las aguas, pero podía encontrarse todo tipo de lugares para cubrir las necesidades más básicas: tiendas, colegios, centros de salud…La mayoría de sus habitantes basaban su economía en la actividad de la pesca. Hablamos durante horas y horas, hasta que la luz del alba evidenció sin contemplaciones el final de la noche. Me contó porque había escogido la filosofía budista para complementar su existencia y entendí más en todas sus palabras que en los cientos de libros con los que había intentado conectar con esta práctica, también me explicó como se desplazaba su pueblo según la estación y las corrientes de agua y que era ésa la principal razón por la que nunca estaban en un punto fijo, y que no estaba casado y que esa misma noche había bajado a tierra porque me estaba esperando (la mujer que lleva la noche sobre su cabeza y cubre sus ojos de jade)…me dijo.
-Tengo que irme- Anuncié cuando el sol comenzó a reflejarse sobre las aguas.
-Lo sé- respondió con tristeza. Me hubiera gustado que hubiera tratado de retenerme. No lo hizo.
- No quiero irme- Y era la mayor verdad que había enunciado nunca.
- La barca pasa, la orilla queda. Haz lo que tengas que hacer.- Y me fui sin entender muy bien su mensaje, pero dejándole allí todo lo que yo era. Fue inevitable por tanto la sensación de vacío atenazando mi garganta hasta llegar a la pensión.
Allí, en esa ciudad flotante, el tiempo no pasaba lentamente como en camboya, directamente se detenía. Me despedí de Ieng y de su famila que me había acogido con apasionada hospitalidad. Cuando llegué a la pensión Raúl estaba desquicidado. Había pasado horas buscándome junto a las autoridades camboyanas. Tenía preparado el equipaje, su maleta y la mía.
-Nos vamos cuanto antes. Este lugar no es seguro para nosotros.
- Yo no me voy- Creo que tomé la decisión al mismo tiempo que mi boca la manifestaba y sin embargo no hubo titubeo en mi voz, sino determinación y firmeza. También un algo de “No lo intentes, no vas a convencerme de lo contrario”
- ¿Estás loca? ¿Qué te han hecho? Seguro que te han lavado el cerebro, o drogado, o…- Y allí lo dejé, solo, cuestionándole al aire mi decisión y me marché corriendo a Chong Neas de nuevo, suplicándole a las corrientes de agua que no se hubieran llevado el poblado a cualquier otra parte donde no pudiera encontrarlo. Cuando llegué, Ieng estaba sentado en el porche. Hundía su cabeza en las rodillas y agarraba mechones de su oscuro cabello con movimientos de desespero.
-Ieng…- susurré
-Mujer de noche y jade- sollozó sorprendido.
- La barca pasa, la orilla queda. ¿No es lo que me dijiste antes de marcharme?
- Es un proverbio camboyano, significa…- Le interrumpí deliberadamente.
- Significa que estoy aquí, que en una noche he sentido más amor que en toda mi vida y que yo también te he buscado, en sueños, en relaciones equivocadas, en elecciones vitales confusas, constantemente…Significa que ya he llegado a la orilla y es aquí donde quiero dejar atada mi barca…si tú quieres.
Ieng se acercó y me besó, con una rotundidad que eliminó cualquier necesidad de respuesta. Ahora me declaro FELIZ con mayúsculas. Trabajo como profesora de español para los guías de Angkor y ayudo a las mujeres a fabricar redes de pesca para los hombres. He tirado el reloj a las profundidades del lago. Aquí no hacen falta ese tipo de artilugios. El concepto de tiempo ha perdido solidez, apenas existe. He descubierto una manera de vivir diferente, un sistema de prioridades completamente opuesto al que regía mis actos, hace ya tantos siglos que apenas lo recuerdo…no echo nada ni a nadie de menos, aunque suene duro decirlo en voz alta, porque Ieng me completa y me eleva más allá de mi misma…pero de vez en cuando, algún domingo, llamo a casa de mis padres.
-Hola cariño, ¿cómo estás? Estábamos a punto de sentarnos a cenar- Le cuento a mi madre todas las cosas que estoy aprendiendo, cómo esta gente fuerte logra sobreponerse poco a poco a las atroces injusticias que han sufrido desde 1975 cuando los khmer rouge entraron en Camboya y sembraron muerte y destrucción allá por donde avanzaron. Le informo con entusiasmo de que he empezado un proyecto para conseguir una mayor alfabetización y le revelo como el amor de Ieng me había salvado de quedarme instalada para siempre en la superficie de todas las cosas. Trato de transmitir con inútiles palabras todo aquello en lo que su hija se ha convertido. Ella siempre me corta antes de terminar, como cuando mi padre ordena apagar el noticiero con el fin de no amargar con desgracias ajenas el momento de la cena. Pobrecitos, dice, y la pantalla de la tele oscurece.
- Bueno, cielo, ya hablamos otro día. Te queremos.- Es normal, todo el mundo sabe que no hay quién se coma un cordero asado una vez que se enfría.
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